La semana pasada el conocido ingeniero de software finlandés Linus Torvalds, uno de los pilares del software no privado y alternativo ante el estrechamente corporativo, hizo pública su postura favorable a remover a un grupo de desarrolladores del proyecto de mantenimiento y evolución del kernel de Linux®, basado en sus nacionalidades rusas.
Independientemente de si eso es correcto o no lo es, constituye otro eslabón más de cómo la geopolítica, viene progresivamente ganando espacio como elemento de incidencia o restricción en el desarrollo, industrialización y comercialización de las Tecnologías de la Información y Comunicaciones (TIC). Y aunque eso no es algo nuevo, ya que para algunos puestos o roles gubernamentales eso ya era una limitante, es otra señal más de la imperiosa necesidad de desarrollar nuestras propias tecnologías y un nuevo recordatorio, de que ello no debe demorarse más.
Quienes tenemos tiempo siguiendo este tipo de realidades, podemos recordar como décadas atrás varias herramientas de cifrado requerían autorización explícita de algunos departamentos de EE.UU. para que pudieran ser comercializadas. Fue Phill Zimmermann, creador de Pretty Good Privacy (PGP), uno de los pioneros en democratizar ese tipo tecnologías y ello le costó cárcel. Una postura que por décadas le ha sido criticada y que le obligó a aclarar, tras el derribo de las torres gemelas en Nueva York, que no creía haberse equivocado al respecto. Se le reprochaba que era posible que ciertos terroristas hubiesen usado cifrado para cometer sus crímenes y en consecuencia, el gobierno no fue capaz de detenerlos. Zimmermann respondió:
“No obstante, la decisión colectiva de la sociedad (a pesar de las objeciones del FBI) fue que, en general, estaríamos mejor con una criptografía fuerte, sin las trabas de las puertas traseras del gobierno. Se levantaron los controles de exportación y no se impusieron controles nacionales. Creo que fue una buena decisión, porque nos tomamos el tiempo y tuvimos una participación tan amplia de expertos. Bajo la presión emocional actual, si tomamos una decisión apresurada de revertir una decisión tan cuidadosa, ello solo conducirá a errores terribles que no solo dañarán nuestra democracia, sino que también aumentarán la vulnerabilidad de nuestra infraestructura de información nacional.”
Por otra parte, numerosos intentos gubernamentales han insistido en devolverle el control cibertécnico a los poderes ejecutivos y limitar a la ciudadanía, siendo el más notable y reciente el del primer ministro británico David Cameron en 2015. Aún así, no han prosperado y hoy en día en cualquier texto, revista especializada o sitio de Internet, se consigue descripción de los principales algoritmos de seguridad y hasta su código de implementación en varios lenguajes de programación. Ello no significa que los gobiernos se han rendido en sus aspiraciones, más los hechos apuntan a que son ellos quienes llevan al límite las aplicaciones tecnológicas y constituyen el mayor riesgo.
Así por ejemplo, hace semanas observamos un catastrófico incidente en el medio oriente, con “Beepers” explosivos, que apunta a la responsabilidad de un estado – nación o alguna entidad semejante, con ese tipo de recursos, influencias y capacidad. También supimos de la detención en Francia de Pável Dúrov, Director Ejecutivo de Telegram®, hasta que aceptó que su empresa colaborará más con las agencias gubernamentales. Hay casos con precedentes como el de 2018, donde una alta ejecutiva de Huawei® fue arrestada en Canadá, por un lapso cercano a los tres años y se mencionó un trasfondo de medidas punitivas contra esa empresa, como el eje fundamental de esa detención.
Y no hace falta ser un estudioso del área para haberse enterado del “affair” del programador y analista de inteligencia Edward Snowden versus la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), así como de las tribulaciones del periodista y programador australiano, Julian Assange, tras publicar numerosos cables diplomáticos de EE.UU. en la plataforma comunicacional y mundial Wikileaks®. Podemos traer a la memoria el escándalo y repercusiones surgidas con el entonces soldado y analista militar, Chelsea Elizabeth Manning y el vídeo denominado “Asesinato Colateral”. Un material confidencial, originalmente con cifrado militar, que llegó a la Internet y reveló al público desmanes de algunos militares del ejército estadounidense en la guerra de Irak. Filtraciones extremadamente incómodas, que hace décadas terminaban en la prensa, como sucedió con “Los Papeles del Pentágono” y a partir del informe del fiscal estadounidense Starr, buscando entonces la destitución del presidente Clinton por sus mentiras en el caso Lewinsky, van directo a la red de redes.
Ahora bien, si nos ubicamos en la línea de la reciente tecnología cibernética, surge el caso del gusano informático Stuxnet y el programa de desarrollo nuclear de Irán. Un incidente donde se sospecha el accionar de agencias de inteligencia de naciones del medio oriente, con delicadas consecuencias en los ámbitos económicos, militares y políticos. La misma Wikipedia refiere que “desde 2010 a 2012, cuatro científicos nucleares iraníes han sido asesinados en extrañas circunstancias” y toma como fuente de esa afirmación, un periódico español de 2020 llamado Diario de Córdoba.
En fin, como es de esperar mientras una tecnología resulte de mayor importancia mundial, afecte el desarrollo de las naciones o toque las esferas del poder mundial, es presumible que la misma resulte de interés o socave bases políticas y/o sociales. Ya sabíamos que este vertiginoso avance en tecnologías como Internet de las Cosas (IoT), Inteligencia Artificial (IA), Grandes Volúmenes de Datos (“Big Data”), Redes de Quinta y Sexta Generación (5G/6G) y otras más, están retando o agrietando viejos paradigmas sociales como el de la privacidad, la toma de decisiones automatizadas, la vigilancia – seguridad y el control estatal, la producción industrial y su cadena de provisiones mundiales, el manejo de la diplomacia y de los conflictos políticos.
Ahora estamos presenciando señales de más agitaciones, como es que la simple nacionalidad sea justificación suficiente de la desconfianza razonable, para perder un puesto de trabajo tradicional o la participación en un proyecto tecnológico. Se nos viene a la memoria un fragmento del prólogo del libro “La Red y yo”, del afamado intelectual Manuel Castells, que en 1996 ya expresaba:
“En efecto, la capacidad o falta de capacidad de las sociedades para dominar la tecnología, y en particular las que son estratégicamente decisivas en cada periodo histórico, define en buena medida su destino, hasta el punto de que podemos decir que aunque por sí misma no determina la evolución histórica y el cambio social, la tecnología (o su carencia) plasma la capacidad de las sociedades para transformarse, así como los usos a los que esas sociedades, siempre en un proceso conflictivo, deciden dedicar su potencial tecnológico.”
Autor: Miguel Torrealba S.
Universidad Simón Bolívar
Departamento de Computación y Tecnología de la Información
mtorrealba@usb.ve







































